Me gusta el verano. El caminar por las calles de Santiago cuando se pone el sol, la ciudad huele bien, a pasto húmedo, a flores, a infancia.
Vienen a mi imágenes de cuando mi nana regaba el jardín al atardecer, y quedaban pozas de agua. Con la Sole esperábamos pacientemente la llegada de los chincoles que se bañaban y chapoteaban felices para después irse volando así, con las plumas paradas. Y como soundtrack de fondo sonaba a lo lejos “Telephone” de Sheena Easton. Como olvidarlo.
De los porotos granados de la Emilia, de las cerezas de postre. De jugar quien escupía el cuesco más lejos. De mi vestido veraniego favorito, uno blanco con puntos de colores.
De la sandía con harina tostada debajo del sauce en el campo de mi tata. De ir a la huerta a recoger espárragos, habas, manzanas y lo mejor era llevar sal, sacar un tomate de la mata y comerlo ahí, sentada en la tierra. Nunca he vuelto a comer tomates así. De los cerezos, tan llenos de fruta que a la distancia se veían casi rojos.
De manguerearnos en las tardes de calor en Santiago, a falta de piscina. De poder hacer arco iris con la manguera, a escondidas de mi nana, que salía rabiosa de la cocina chillando que íbamos a quemar el pasto.
Pasé este fin de semana veraniego en casa de mi mamá, un poco para desconectarme de todo. Es como si el verano se sintiera más fuerte allá que en este departamento.
Ayer almorzamos en la terraza, la Sole y su criatura, mi mamá y yo. Salmón al vino blanco con hierbas y papas - Cerezas y helado de postre. Al terminar el almuerzo, sonó Zorba el griego y me puse a bailar en el pasto, a dar vueltas, descalza, al sol, a saltar y me hizo bien. Mientras pueda saltar al sol como una loca y comer cerezas... todo va a estar bien.